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No solo de pan vive el hombre…

La fotografía, “The Falling Man”

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Algo nos impulsa a mirar hacia atrás, a revivir una y otra vez el horror de aquel día, sin estridencias ya, mudos de angustia y de espanto, meditando sobre el viaje al infinito de este hombre que saltó al vacío, quién sabe si anhelando la muerte o la vida, en esos postreros 10 segundos de caída hacia la nada.

La foto la vimos el 12-S, estampada en el New York Times y en los periódicos de medio mundo, antes de que cayera el telón de la autocensura, antes de que se impusiera el código secreto del patriotismo o del «respeto a la sensibilidad del lector», el mismo que impidió que aquí viéramos el pie sangrante de la niña de Basora o las imágenes más crueles de la humanísima campaña militar en Irak.

El caso es que alguien decidió ocultar las fotos más reales de la guerra, y alguien decidió archivar también aquella otra instantánea suicida de la tragedia por no herir a las familias de las víctimas, o por no traumatizar al sacrosanto lector, porque siempre hay mucha gente que se queja cuando se publican estas fotos, que una cosa es el periodismo y otra es la rapiña del dolor.

La foto, The falling man, la firma Richard Drew, de la agencia AP. Con apenas 21 años, Drew fue testigo del asesinato de Robert Kennedy de un disparo en la cabeza. La sangre le salpicó la ropa, pero al fotógrafo no le tembló el pulso, ni siquiera cuando Ethel Kennedy abrazó a su marido moribundo y pidió a los reporteros gráficos que no dispararan sus flashes.

Richard Drew estaba aquella mañana radiante del 11 de Septiembre en Bryant Park. Arrancaba la semana de la moda en Nueva York, con un desfile inusitado de modelos embarazadas, luciendo ropa premamá, a la misma hora en que el primer avión pasó silbando mortíferamente sobre los tejados del bajo Manhattan.

En Bryant Park no se escuchó el impacto, pero pronto empezaron a sonar los teléfonos móviles. Los cámaras recogieron precipitadamente sus bártulos, todos salieron a la calle y pudieron ver a lo lejos el humo del primer impacto.

Drew puso a su cámara digital la lente de 200 milímetros y comenzó a disparar. Se fue acercando hasta donde había un grupo de curiosos, mirando estupefactos hacia lo más alto de la Torre Norte. La gente se estaba tirando al vacío desde 100 pisos de altura. Entre la humareda negra y la nube gris de escombros, se veían caer los bultos, con una regularidad casi mecánica. «Ahí va otro»…

Llegó a fotografiar a unos 10 o 15 en plena caída, y a uno de ellos pudo seguirle casi hasta rozar el suelo. Después sintió el temblor que precedió a la caída de la Torre Sur, y salió corriendo como tantos otros. En plena huida, protegiendo como podía su cámara de la lluvia de cenizas, pudo mirar una última vez hacia atrás y capturar el alud apocalítico de la Torre Norte.

Cuando llegó a su oficina en el Rockefeller Center, no pensaba en otra cosa que en los saltos desesperados de aquellas víctimas anónimas que huyeron del infierno de la Torre Norte. Sacó el disco digital de la cámara, lo metió en su ordenador portátil y buscó instintivamente la foto.

Eligió la más estática, la más serena, la más intensa. Al redactar el pie de foto fue consciente, tal vez por primera vez, de que no sabía su nombre. Pensó seguramente en su familia, pero el deber profesional le impulsó a dejar de lado sus sentimientos.Envió la foto al servidor de AP y no volvió a darle vueltas, en medio de la vorágine del 11-S, hasta que la vio publicada a toda página el día siguiente.

Y aquí comienza la segunda parte de la historia: la misión imposible de averiguar quién era ese hombre, de reconstruir su vida condensada en ese gesto de plácida resignación ante la vertiginosa muerte.

Con un tesón propio de Sherlock Holmes, el periodista Tom Junod se propuso descifrar el enigma para la revista Esquire. El camino lo allanó otro reportero, Peter Cheney, del Toronto Globe and Mail, aunque el misterio sigue abierto al cabo de dos años.

La búsqueda del protagonista involuntario de estas espeluznantes instantáneas es también un viaje al fondo de la profesión. ¿Hasta dónde podemos llegar? ¿Qué derecho tenemos a inmiscuirnos en los 10 últimos segundos de vida de nadie? ¿Qué interés tiene saber su nombre?

Todas estas preguntas pasaron seguramente por la cabeza de Peter Cheney cuando recibió personalmente el encargo del director del Toronto Globe and Mail: «Quiero saber quién es el hombre de esta fotografía».

La cifra oficial de muertos superaba en aquellos momentos los 3.000. De muchos de ellos no se sabía absolutamente nada. La ciudad estaba empapelada de cientos de rostros de desaparecidos.Saber cuál de ellos era el hombre que caía iba a ser como encontrar una aguja entre la multitud.

Pero Cheney no se vino abajo. Lo primero que hizo fue encargar una ampliación de la foto digital, para intentar tener al menos un plano más cercano del desconocido. Así llegó a la conclusión de que no era probablemente negro sino moreno; o sea, latino.Que tenía perilla. Que llevaba pantalones negros y una chaqueta blanca que podía ser de camarero.

Teniendo en cuenta que saltó de la Torre Norte, tuvo que hacerlo desde las oficinas de Cantor Fitzgerald, desde Marsh & McLennan o desde el restaurante Windows of the World, en los pisos 106 y 107. En el restaurante había 79 empleados trabajando esa mañana.La mayoría de ellos, hispanos.

Pocos días después, mientras paseaba por Times Square, Cheney reparó en la foto de un desaparecido: «Se busca: Norberto Hernández.Chef de pastelería del Windows of the World. Pisos 106-107».

La familia vivía en Queens, al otro lado del East River. Cheney fue con la foto ampliada y se la enseñó a sus hermanos, Tito y Milagros. Los dos asintieron y dijeron que era él. Milagros estaba convencida de haber visto esa imagen, o una muy parecida, en la televisión. Desde el primer momento pensó que era Norberto, más que por el parecido físico, por la actitud, entre resignada y sumisa.

Pero el reportero Cheney quiso apurar aún más en sus pesquisas e intentó hablar con la esposa, Eulogia Hernández, y con sus tres hijas. La familia estaba muy afectada porque días antes habían encontrado los restos de Norberto entre los escombros.Se negaron a hablar con él.

Cheney se plantó de improviso en el funeral, con la foto de rigor.La hija mayor, Jacqueline, le despachó de malos modos y le dijo: «Ese pedazo de mierda no es mi padre».

El reportero se salió con la suya y publicó al final su historia.No fue capaz de poner la mano en el fuego, aunque acabó convenciendo a sus lectores de que el hombre que caía era Norberto Hernández.El reportaje circuló de mano en mano por Internet y llovieron las elegías y los poemas por la muerte de Norberto, y también las ofertas caritativas, rechazadas todas por la familia.

Meses después, Eulogia Hernández abrió sus puertas a Tom Junod, de la revista Esquire. Siguió insistiendo en que el hombre que caía «no era papi», que Norberto nunca se habría dejado arrastrar al infierno por el diablo, que seguro que cuando murió estaba pensando en su familia y rezando.

Eulogia le ofeció a Junod más pistas: «Norberto era chef de pastelería, y los chefs no llevan los pantalones negros sino blancos. Además, el hombre de la foto llevaba debajo de la chaqueta blanca una camiseta naranja. Norberto llevaba ese día una camisera azul oscura… Recuerdo perfectamente todo lo que llevaba puesto».

Con la duda por montera, Tom Junod volvió a tirar de la lista de fallecidos del Windows of the World y enseñó la foto al que fuera director del restaurante, que sobrevivió a la tragedia.Uno a uno fueron descartando candidatos hispanos: Wilder Gómez, Charlie Mauro, Junior Jiménez…

Así llegaron hasta Jonathan Briley, alto, mulato, con bigote y con perilla. El reportero dio con su familia en Mount Vernon, Nueva York, y hasta allí llegó con la cantinela del hombre que caía. Le recibió Timothy Briley, hermano del fallecido, policía para más señas. Le reconoció que cuando vio la foto pensó que podía haber sido su hermano, pero no quiso volver a mirarla por pura rabia.

Ahora era distinto. Ahora ya tenía sangre fría para afrontar los hechos tal cual y, sí, Jonathan Briley llevaba casi siempre una camiseta naranja; sí, padecía asma y se asfixiaba con el humo; sí, podría haber saltado como última escapatoria y no era una deshonra para la familia, ni mucho menos, ese salto al vacío era más bien un deseo liberador, no había más opción que ésa.El fuego o el vacío.

Todos los indicios apuntan pues finalmente hacia Jonathan Briley, aunque Tom Junod tampoco da por cerrada la investigación. El cadáver apareció semicalcinado entre los escombros. La prueba del ADN sirvió para saber que era él, pero no hay manera de saber si llevaba o no puesta ese día la delatora camiseta naranja.

«Puede que Jonathan Briley sea el hombre que cae», concluye Junod, «pero la única certeza que tenemos es la misma que al principio: que 15 segundos después de las 9.41 de la mañana del 11 de Septiembre de 2001, un fotógrafo llamado Richard Drew tomó una foto de un hombre cayendo del cielo y atravesando el espacio y el tiempo».

Link de la fotografía: “The Falling Man”

Written by marcopako

septiembre 11, 2008 a 9:45 pm

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